Perspectivas

¿Hasta cuándo durará la crisis de los chips?

La escasez de microchips, un componente vital para la economía tecnológica, puede durar varios años. Te explicamos por qué.

Juan Pablo Zurdo
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La inesperada escasez de microchip que aqueja a la economía mundial es una lección magistral para entender la evolución de los mercados post-covid. Su carácter inesperado demuestra, de nuevo, hasta qué punto la realidad y sus riesgos superan generalmente a la ficción. El avance de la globalización, basada en relaciones interdependientes de importación-exportación, es el extremo opuesto a la autosuficiencia. En la cadena internacional de suministro, si se corta el acceso a un componente vital como los microprocesadores, puede colapsar cualquier sector dependiente de la electrónica.

El suministro de ese componente industrial estratégico está en muy pocas manos. Solo la taiwanesa TSMC roza el 60% de la cuota global. Imaginemos que el 60% del petróleo o la electricidad procediese de una única organización privada. A este equilibrio precario de la cadena de suministro se suma la digitalización, con su efecto de consumo tecnológico masivo, que cada año ceba más la demanda y presiona a una oferta al límite de su capacidad ya antes de la pandemia. Un coche actual incorpora más de 100 microchips. Con agotar el stock de uno de ellos puede detenerse la línea de montaje

La inesperada irrupción de la pandemia ha acelerado esa digitalización. De un día para otro medio mundo se confina, teletrabaja, telenegocia e intenta entretenerse en casa. Repunta la necesidad de microchips porque se dispara la demanda de dispositivos desde móviles y ordenadores a consolas. Cambian las necesidades y con ellas las prioridades de consumo. Durante unos meses caen a plomo las ventas de coches y la industria de los microchips desvía esa capacidad antes dedicada al súper-cliente de la automoción para intentar surtir a sus súper-clientes electrónicos desbordados de pedidos. Pero ni así las factorías dan abasto. Comienza la escasez mientras las empresas aún intentan adaptarse a la pandemia, cuando los planes de recuperación menos necesitaban un nuevo descalabro. La producción se ralentiza en sectores dependientes de los chips, aumentan sus precios y la amenaza de inflación en un efecto dominó.  

En los meses de pandemia se han superado otros muchos retos en las cadenas de suministro. Sin embargo, en el caso de los microchips, hablamos de una industria rígida, presionada, en reinversión constante para producir microprocesadores cada vez más complejos y en tamaño decreciente de nanómetros. Por lo tanto, la creación de nuevas plantas exige know how tecnológico de primer nivel, mucha inversión pero, sobre todo, tiempo. De dos a cuatro años, según el Boston Cosulting Group. Además, la dependencia de tan pocos proveedores vuelve al mercado aún más sensible al impacto de sucesos inesperados, como el incendio de una de las factorías especializadas en Japón o la sequía (el agua uno de los recursos básicos para fabricar chips) y los apagones eléctricos en Taiwán.

La escasez de chips ha desencadenado la creación de gabinetes de crisis en las empresas, en las patronales y las Administraciones. El problema ha saltado de escala e irrumpido en la geopolítica global. De la misma forma que la pandemia ha replanteado el modelo de suministro y aconseja más diversidad y cercanía, los grandes actores nacionales apuestan por la producción local de microchips con el mismo objetivo. En otras palabras, uno de los efectos colaterales de esta escasez será una cierta reindustrialización.

Estados Unidos percibe la crisis de los chips como “el canario en la mina de carbón”. Lo que ha sucedido en este sector puede replicarse en otros. Por ello, la Administración ya ha anunciado dotaciones milmillonarias de 52.000 millones para la fabricación de microchips, una salida inevitable frente a la feroz competencia china, que con 150.000 millones de dólares triplica la inversión estadounidense. Europa —esta vez no demasiado lenta ya que puede integrar la fabricación de chips en los planes de digitalización— planea doblar su cuota de aquí a 2030.

¿Hasta cuándo durará la escasez de microchips? De momento TSMC ha conseguido incrementar un 30% la producción respecto a los niveles pre-pandemia, pero una oferta capaz de reducir la lista de espera y asumir el incremento sostenido de la demanda puede tardar dos años incluso, según las previsiones de los compradores de microchips, como la automoción. Quizás, no por casualidad, ese plazo coincide con el tiempo mínimo que necesita una nueva fábrica para ponerse en marcha.

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