Los asistentes a ferias como el CES (Consumer Electronics Show) o la CHTF (Feria de Alta Tecnología de China) confiesan su asombro por las últimas novedades chinas, desde electrodomésticos inteligentes a robots humanoides capaces de acrobacias inauditas, vehículos aéreos autónomos o avances en IA aplicada.
Por otra parte, se han normalizado los titulares sobre megaproyectos chinos de ingeniería y avances en múltiples campos desde fusión nuclear y movilidad eléctrica a propulsión aeroespacial, entre otros muchos.
El conocimiento que dominará el futuro próximo
El último Rastreador de Tecnologías Críticas, el informe de referencia elaborado por el Instituto de Políticas Estratégicas de Australia (ASPI), arroja conclusiones parecidas: de las 74 disciplinas evaluadas, China lidera 66 y Estados Unidos las ocho restantes. Hace solo 20 años, Estados Unidos lideraba el 94% de las tecnologías críticas. Hoy, sin embargo, hablamos de dominio chino en campos como la IA, materiales avanzados, tecnologías de fabricación, satélites, robótica, energía o transporte.
Aunque Estados Unidos todavía está por encima en materias como computación cuántica o biotecnología, como demuestra la capacidad occidental para producir vacunas anti-covid, esa jerarquía podría revertirse pronto.
El estudio no mide la innovación materializada en productos y servicios comerciales, sino que analiza las investigaciones en esas materias clave para anticipar la capacidad futura de las potencias. En algunos casos concretos, la distancia entre I+D y producción industrial podría ser insalvable, pero lo importante es la tendencia general del avance chino a una velocidad y escala sin precedentes.
Riesgos de monopolio y control de las cadenas de suministro
De consolidarse esa tendencia, se traduciría en riesgos como el cuasi monopolio en algunas tecnologías, mayor control sobre las cadenas de suministro y en general dependencia tecnológica, y económica, de resto del mundo.
De ahí que diferentes autores recomienden profundizar en las causas del avance chino para entender cómo potenciar la respuesta occidental. Entre ellas, suele destacarse la planificación a largo plazo; una de las metodologías aplicadas es la planeación retrospectiva: plantear un objetivo claro a años o décadas vista para secuenciar hacia el presente los hitos que precisa esa meta.
Otra causa estructural es la total orientación del país hacia la ingeniería, tanto en volumen como en especialidades, alineando el sistema formativo con las necesidades industriales y los objetivos de Estado, además de cierto proteccionismo o la combinación de inversiones públicas masivas con la iniciativa y la competencia privadas.
También se alaba el sentido práctico chino, poco dado a frenarse con regulaciones. De hecho, una de las consecuencias de ese dominio tecnológico sería una influencia mayor en los estándares y normativas internacionales, a su favor.
Adaptar el enfoque y tejer alianzas
Para el informe de ASPI, la respuesta occidental no debe limitarse a un mayor esfuerzo en la misma política tecnológica —“los ajustes incrementales por sí solos no revertirán la brecha”—, sino a un cambio de enfoque y mentalidad: “Si los aliados no consolidan sus ventajas comparativas y cooperan audazmente, el liderazgo en tecnologías estratégicas probablemente se inclinará aún más hacia China”.
Otros autores relativizan el potencial del gigante. A China no le interesaría, dicen, un dominio tecnológico aplastante sino calibrado para que el desarrollo del resto de regiones le asegure buenos clientes. Los riesgos de su hegemonía para otras potencias tecnológicas, o para mercados emergentes como India, podría hacer frente común o adaptar sus políticas industriales.
Algunos de los países asiáticos, latinoamericanos o africanos que hoy recurren a las inversiones chinas, podrían cambiar de bando ante los efectos secundarios de ese exceso de dependencia financiera y tecnológica.