Si algún lugar ha aprendido a ganarle terreno al mar es Países Bajos, cuyo nombre define esa necesidad vital. Lo ha hecho con los clásicos polders que desecan terrenos pantanosos y los protegen mediante diques para dedicarlos a cultivos y explotaciones ganaderas. Aún se siguen construyendo, aunque más enfocados a la urbanización y recuperación de ecosistemas.
Archipiélagos artificiales
En este último sentido es emblemático el proyecto Marker Wadden, un archipiélago artificial formado con limo, arcilla y arena del fondo de un lago para formar suelo fértil donde prosperan flora y fauna. La principal fase de expansión del puerto de Rotterdam creó 20 kilómetros cuadrados de tierra firme para instalaciones logísticas y se prevén nuevas ampliaciones.
No muy lejos de allí, Bélgica construye la primera isla artificial a 45 kilómetros de la costa, ideada como un hub energético con aerogeneradores, instalaciones de distribución y conexiones con tierra, una planta de hidrógeno verde y antenas 5G y 6G. Sus bordes están diseñados como arrecifes para que arraiguen especies marinas. Las empresas que avanzan el proyecto lo consideran replicable en cualquier otra área mar adentro con una profundidad operativa.
El mayor aeropuerto sobre una isla artificial
Por su parte, China acomete el mayor aeropuerto del mundo construido sobre una isla fabricada, frente a la ciudad de Dailan, con una capacidad máxima para 70 u 80 millones de pasajeros anuales, un millón de toneladas de carga y una superficie que duplica la del aeropuerto de Hong Kong, también planificado sobre una isla artificial. Este empeño deja un aviso a navegantes sobre la dificultad de trabajar con los lechos marinos.
Lucha contra la escasez de terreno edificable
Mientras tanto, la extrema escasez de terreno edificable ha convertido a Singapur en un especialista capaz de ampliar su superficie hasta un 25% en medio siglo. Al quedarse sin arena para dragar, ha optado por el modelo neerlandés de polders. Su próximo proyecto, Long Island, aspira a ganar 800 hectáreas y 20 kilómetros de costa mediante la fusión de tres franjas de terreno emergido.
Otros países se afanan en proyectos semejantes. Las Islas Maldivas quieren construir una isla urbanizable y flotante que pueda fluctuar con el nivel del agua. Filipinas mantiene su intención de crear 6.000 hectáreas en la bahía de Manila, aunque el plan se ha detenido varias veces por un impacto ambiental mayor del anunciado. Y Dinamarca planea una isla de 275 hectáreas para a unos 35.000 habitantes que actuará como defensa costera, además de una gran plataforma energética (120.000 metros cuadrados) similar a la belga que podría abastecer, en 2040, a unos 10 millones de hogares.
Escala, complejidad técnica y diversidad de usos
Esta muestra de proyectos destacados revela cómo el desarrollo de la ingeniería marítima permite, junto con modelos de inversión como las alianzas público-privadas, proyectos a una escala sin precedentes y mayor diversidad de usos industriales, urbanísticos, ecológicos y de seguridad.
Aunque su impacto en el entorno es equivalente, también se desarrollan sistemas que tienden a reducir su huella ambiental, por ejemplo, el uso de fábricas flotantes que construyen los cajones de hormigón desde el mar en lugar de en tierra, lo que aminora la necesidad de material y transporte.
Protección frente al aumento del nivel del mar
Además de los usos económicos, logísticos y para ganar terreno, cada vez es más frecuente emplear las islas artificiales, además, como barreras de contención. En este sentido, estas obras sirven como laboratorios para la futura protección de grandes áreas urbanas costeras donde tienden a concentrarse la población, la actividad económica y las infraestructuras industriales y logísticas frente al aumento del nivel del mar, si finalmente aciertan las predicciones climáticas.