Observatorio

Lecciones empresariales de grandes proyectos fallidos

Parecían productos que iban a marcar época, que sacudirían el mercado, pero la realidad quedó muy lejos de las expectativas. Conocer las causas de esos sonados fracasos contribuye a evitar que se repitan.

Juan Pablo Zurdo
bombilla volando como un cohete espacial

En economía, conocer las causas de los errores puede importar tanto como entender las claves de los aciertos. De hecho, suelen ser dos caras de la misma moneda cuando el éxito de un producto resulta del proceso de ensayo-error. “Unas veces se gana y otras se aprende”, decía el teórico del liderazgo John C. Maxwell.

La extensa lista de errores memorables —sobre todo en productos tecnológicos, más sujetos a la necesidad, y por tanto al riesgo, de innovar— sugiere que esas causas tienden a repetirse. A veces es la prisa por estrenar. Otras, el exceso de confianza en sus cualidades. O por exagerar las expectativas para captar atención e inversión.

 

Dispositivos que no fueron disruptivos

Ocurre con dispositivos que prometían una mejora disruptiva o con disciplinas tecnológicas completas que anunciaban revoluciones. Le sucede a pequeñas startups y a corporaciones gigantes, cuyos recursos no les sirvieron para evitar fracasos que, analizados a posteriori, parecían probables

Llama la atención cómo uno de los primeros móviles plegables comenzó a fallar enseguida, justo por el mecanismo de pliegue. O el smartphone que se calentaba —algunas unidades llegaron a estallar— por defectos en un componente básico como la batería; fue prohibido por algunas aerolíneas, con un coste en reputación muy superior al prestigio que hubiese obtenido el correcto funcionamiento del terminal. 

A los fabricantes de un vehículo se les ocurrió, durante la presentación al gran público, golpear los cristales para demostrar su resistencia. Saltaron hechos añicos. También se hizo viral el fallo de un antivirus que bloqueó miles de ordenadores —como si efectivamente hubieran sido infectados— de usuarios individuales e infraestructuras críticas como hospitales y aeropuertos. 

 

¿Qué falló?

Ese tipo de fiascos sugiere preguntas razonables: ¿No se aplicaron todas las pruebas de resistencia para aspectos tan delicados? ¿Se priorizó la imagen de empresa vanguardista sobre la maduración tecnológica real? 

Otros errores se explican en ciertos sesgos psicológicos. Por ejemplo, cuando las notables innovaciones de un producto llevan a infravalorar el grado de sus carencias. Como si las emociones —la obsesión por desarrollarlo, el entusiasmo al lograr avances, la confianza por una racha previa de éxitos…— se impusiesen sobre el análisis crítico. O la visión de los técnicos sobre la experiencia de los usuarios.

Las primeras TV con visión en tres dimensiones fracasaron porque su precio no justificaba la precariedad de las gafas 3D. El concepto Tablet salió a primeros de los años noventa, pero el sistema de reconocimiento de escritura funcionaba mejor en la cabeza de los ingenieros que en las manos de los clientes. El sistema operativo nacido para competir con iOS y Android fue víctima de su incompatibilidad con redes sociales y plataformas de mensajería, a pesar de ofrecer algunas funcionalidades superiores y de los cientos de millones de dólares invertidos. 

La tendencia hype —cuando una tecnología promete un salto cualitativo bastante por encima de sus posibilidades— cotiza al alza. El metaverso seguramente sea el caso reciente que más distancia ha puesto entre expectativas y realidad. Entre las causas, el interés en que el impacto mediático impulse su implantación —una especie de profecía autocumplida— y que la proliferación de medios y creadores de contenido les empuja a competir mediante titulares exagerados (clickbait). 

Este fenómeno se da en otras promesas disruptivas como la realidad aumentada o blockchain. Ambas son tecnologías maduras. Especialmente la segunda se considera una disciplina exponencial por su efecto motor para impulsar otras. Sin embargo, han fallado las predicciones de cambios estructurales en algunos sectores cuando la implantación real enfrentó problemas no previstos.

Dejan una lección: aplicar una sana precaución respecto a las proyecciones de escenarios complejos donde confluyen factores muy variables

A veces las propias compañías desarrolladoras son víctimas de burbujas mediáticas que primero generan expectación y luego desilusión. En esos casos, los avances consistentes suelen llegar después, cuando los focos encuentran otro objetivo y pueden madurar la tecnología en un entorno estable más realista. 

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