Observatorio

La eclosión de los nanos y picosatélites

Más pequeños, modulares, versátiles y baratos de construir, reemplazar y poner en órbita. Su combinación con el 5G e Internet de las cosas abre enormes posibilidades.

Juan Pablo Zurdo
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No son una promesa o un futurible a partir de ensayos de laboratorio, sino un salto realista basado en tecnologías ya operativas: la aceleración de un proceso más que una disrupción. Hablamos de una nueva generación de satélites que perfeccionan la miniaturización emprendida hace años por los microsatélites (de 10 a 100 kg), continuada por los nanosatélites (de 1 a 10 kg) y proyectada por los picosatélites, de menos de 1.000 gramos y el tamaño de un móvil o incluso menores. La NASA planea enviar un equipo de seis con las dimensiones de una tostadora que conformarán un telescopio para entender mejor las tormentas solares y su influencia sobre el clima y los microprocesadores terrestres.

Pero la eclosión de nanos y picos se debe, sobre todo, al concepto de diseño, desarrollo, construcción y puesta en órbita a partir de componentes estandarizados y modulares. Un paradigma casi opuesto al desarrollo clásico de grandes satélites que exigen lustros o décadas, con tecnologías propias muy robustas y, en consecuencia, épicas inversiones solo al alcance de grandes agencias o gobiernos. Plazos tan largos en plena aceleración digital implican la paradoja de lanzar un satélite muy sofisticado, longevo, pero potencialmente obsoleto en pocos años. De ahí que el paradigma estandarizado y modular persiga las ventajas contrarias. Permite un desarrollo mucho más ágil y rápido —unos seis meses para un módulo sencillo— a partir de tecnologías comerciales, más vulnerables a la intemperie espacial pero sustituibles por versiones actualizadas gracias a unos costes cientos de veces inferiores, y por tanto accesibles tanto tecnológica como económicamente a startups, —varias españolas— laboratorios, universidades o empresas. De hecho, ese mínimo presupuesto posible se incluye como parámetro del diseño y el coste de un picosatélite se calcula entre 100.000 y 200.000 euros.

Esta democratización de la industria en un sector comercial emergente llamado new space también implica democratizar la variedad de usos. Ya se han lanzado o se proyectan lanzamientos de nanosatélites individuales o en constelación, tanto para las propias agencias espaciales como para instituciones como la ONU o el control del tráfico aéreo y terrestre en España.

Cabe hablar de una revolución en ciernes: su aplicación en la conectividad a través del protocolo móvil 5G, que por primera vez también se desarrolla específicamente para una cobertura total a través de satélite, lo que supone el acceso universal, incluso desde los puntos más remotos de la tierra, a servicios de telefonía, internet y computación imposibles para los estándares anteriores. 

Esta generación de pequeños satélites jugará un papel clave en la nueva economía: su contribución al despegue del Internet de las Cosas a partir del 5G y siguientes. Un ejemplo ya operativo que promete progresar sin pausa es la llamada Sat-agro aplicada a la agricultura mediante la monitorización de una miríada de sensores cuya proliferación implicará la caída de sus precios. Otro, más cercano, es el lanzamiento de una flota de nanosatélites para potenciar el sector logístico y la reconversión industrial —fabricación de hidrógeno, entre otros— en Asturias.

Mas factores añadidos juegan a favor de esta propulsión de la ciencia y la economía hacia el espacio. Este tipo de minisatélites trabajan en órbitas entre 150 y 2.000 kilómetros de altitud, muy por debajo de la órbita estacionaria, ya muy saturada, a 36.000 kilómetros, lo que simplifica y abarata su lanzamiento. Además, el desarrollo de nuevas tecnologías y materiales espaciales como los nuevos combustibles de propulsión de cohetes o naves, por ejemplo plasma, yodo o la combinación de oxígeno líquido y queroseno abaratan los costes del mucho más caro xenón. Una universidad japonesa incluso investiga el uso de madera en la estructura del satélite para reducir así la basura espacial. También promete avanzar la capacidad modular no solo en el desarrollo del satélite mediante componentes estandarizados, sino en su comportamiento en órbita con la facultad de unirse como si fuesen piezas de Lego para formar una estructura mayor o complementar a satélites más grandes. 

La coalición de todos estos vientos favorables tiene mucho que ver en el despegue de la facturación del sector desde los 371.000 millones de dólares en 2020 (el 74% correspondiente a los satélites y el resto a servicios de telecomunicaciones) hasta 1,4 billones en 2030, de acuerdo con Bank of America.

 

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