`Mejorar la competitividad externa es esencial en la tarea de España?

cycnews reproduce la entrevista íntegra del Comisario de Competencia de la Unión Europea, Joaquín Almunia, para la revista cycprisma en la que analiza la actualidad económica.

Madrid - 03-dic-2012

Europeísta convencido y político de raza, ha incorporado a su perfil profesional una mirada más técnica, y lo ha hecho con un éxito en el que no todo el mundo creía. En una época de tantas convulsiones e incertidumbres, es directo, optimista: `El euro es irreversible´, asegura. Este es uno de tantos titulares que deja en esta entrevista. Joaquín Almunia, nacido en Bilbao en 1948, cuyo nombre registra más de 286.000 entradas en Google y apasionado del Athletic, vive en primera línea los tiempos más complejos para el viejo continente desde la II Guerra Mundial. Lo hace como vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Competencia, atalayas desde las que sus respuestas anticipan el aspecto que tendrá nuestro futuro y nuestra Europa.

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¿Qué nuevas señas de identidad tendrá el continente después de la crisis?

Creo que saldremos reforzados. La creación del euro fue una decisión política de primera magnitud. La divisa europea no se concibió como un fin en sí mismo, sino como un medio para sacar el máximo provecho de la integración alcanzada con el mercado interior y para avanzar hacia una unión política. Sin embargo, faltaban piezas en el Tratado de Maastricht. Durante la primera década del euro, por muchas razones entre ellas, la existencia misma de la moneda europea hubo crecimiento y creación de empleo. Pero se iban acumulando desequilibrios macroeconómicos, endeudamiento y pérdida de competitividad en algunos países. Todo ese crecimiento provocó que hubiera cierta insensibilidad respecto a tales desequilibrios, igual que ha habido insensibilidad frente al exceso de desregulación en los mercados financieros. Pero la falta de sensibilidad se terminó al estallar la crisis. La Europa que veremos después tendrá instrumentos para evitar que se repitan esos problemas y estará más integrada políticamente, con mayor capacidad de decisión y un destino en común más estrecho para 500 millones de ciudadanos.

Parte del origen de la recesión española se sitúa en la burbuja inmobiliaria. ¿Por qué no se detectó a tiempo y ninguna administración supo o pudo ponerle freno?

España está pagando las consecuencias de los excesos durante el anterior ciclo económico. Ha vivido inmersa en una burbuja inmobiliaria, de crecimiento fácil y dinero barato, con tipos de interés reales negativos. No se detectó a tiempo porque era más fácil vivir en la ilusión de una prosperidad duradera. En esos tiempos no se escuchaba a quienes insistían sobre las fragilidades del patrón de crecimiento. El mismo fenómeno se produjo en el conjunto de la Unión Europea: apenas se escucharon las advertencias de la Comisión, del Banco Central Europeo o de algunos expertos sobre la pérdida de competitividad de ciertos países, la necesidad de fortalecer la coordinación de las políticas económicas o hacer más para frenar el endeudamiento excesivo. Todo eso era inaudible para los Estados miembros. Además, los mercados financieros no jugaban su papel de alerta, ya que las primas no reflejaban los riesgos reales. Lo que hemos aprendido es que la fase alta del ciclo económico necesita una vigilancia tan estrecha como en los periodos de crisis.

¿Cuáles son sus recetas para España? ¿Qué herramientas nuevas y clásicas debería poner en marcha para superar este tiempo tan difícil?

Recuperar el empleo será el objetivo número uno durante años. Para ello son imprescindibles las reformas estructurales. Y esto no es solo una categoría genérica, implica discutir en serio un sistema de impuestos capaz de financiar el gasto de inversión y social que queremos mantener en un futuro, y en el que Europa no va a contribuir como en los últimos 20 años. Esto exige productividad, competitividad, innovación, asentar el crecimiento sobre bases sólidas.

Además de los problemas económicos, tenemos un déficit ético. El comportamiento de ciertos ejecutivos financieros ha sido cuanto menos reprobable. ¿De qué modo se puede recuperar la confianza de la ciudadanía en estas instituciones vitales?

España ha vivido un tiempo de excesos. Con la burbuja inmobiliaria y los tipos de interés negativos, el dinero llegaba casi sin preguntarse cómo y se gastaba sin saber de qué forma se administraba. Eso se acabó definitivamente. Obliga a un cambio de cultura política e incluso a un cambio social. Hay que poner el enfoque sobre los valores del esfuerzo y la equidad. Tenemos que favorecer la economía productiva, premiar el sacrificio, apoyar el trabajo bien hecho y alcanzar una distribución equitativa de los ingresos.

Hay dos formas de entender la salida. Una habla de la necesidad de implantar severas medidas de austeridad y recorte del déficit, como en España, y otra nos advierte de que justamente ese es el camino equivocado y habría que incentivar el crecimiento. ¿Quién acierta y quién se equivoca?

No creo que esa dicotomía sea real. La primera reacción de Europa ante el estallido de la crisis, tras la quiebra de Lehman Brothers, fue un plan de recuperación, una combinación de políticas monetaria y fiscal muy expansivas. Eso incluía políticas fiscales decididas por los Estados miembros con alguna contribución más del presupuesto europeo, sumadas al juego de los estabilizadores automáticos, muchísimo más potentes en Europa que en Estados Unidos. Lo que ha frenado ese proceso ha sido la crisis de la deuda pública, que ha cambiado el panorama en Europa y generado un problema específico del Viejo Continente.

En este contexto, tampoco se puede ignorar el endeudamiento, que se añade a algunos problemas estructurales de las economías con bajo potencial de crecimiento así como de competitividad, e incluso problemas institucionales, como en el caso de Grecia. El ajuste en algunos países resulta imprescindible, porque ahora tenemos que lidiar con inconvenientes estructurales muy profundos que, desgraciadamente, no habían sido resueltos antes de la crisis.

Además, hay que resolver estos problemas en el contexto político europeo, con su grado actual de integración. Creo que hay demasiadas comparaciones simplistas entre Estados Unidos y Europa, a pesar del gran respeto que me merecen algunos premios Nobel. Los problemas que conocemos aquí se ven de forma muy distinta en Estados Unidos, pero eso es en parte porque ese país hizo su integración hace 200 años, tiene un banco central desde hace un siglo y un presupuesto federal que supera el 20% de su PIB, incluso en épocas de bajo gasto público.

Establecer comparaciones exige siempre mirar los términos de los problemas y los instrumentos disponibles. Europa debe resolver un reto que no es económico, financiero o fiscal sino político, que es el de nuestra generación y el de la siguiente: el encaje de la soberanía nacional y la soberanía europea.

En estos meses tan complejos, ¿ha sentido en algún momento el riesgo de quiebra europea o de ruptura del euro?

Nunca he creído en esa posibilidad, porque no me olvido del origen político del euro. Crearlo fue una decisión política irreversible que supone un compromiso absoluto de todos los países. La moneda única es un pilar fundamental del proyecto europeo y eso le confiere una fortaleza tremenda, que no se puede integrar en ningún modelo económico. Todas las instituciones europeas y todos los países miembros se han comprometido a preservar la estabilidad financiera y hacer lo que sea necesario. Las soluciones no son fáciles y siempre hay obstáculos e inercias por superar. Pero desde el principio de la crisis se han tomado decisiones muy importantes que demuestran este compromiso, como el fortalecimiento de la gobernanza económica y la creación de los fondos de rescate. Ahora vamos a añadir otro paso adelante de gran calado: la unión bancaria.

Si un principio da sentido a la Unión es la solidaridad entre países ricos y pobres. ¿No se ha perdido parte de este espíritu?

No. La Unión Europea ha demostrado solidaridad al movilizar fondos para ayudar a los países que tenían problemas: Grecia, Irlanda y Portugal. Y ahora España ha visto que puede contar con sus socios.

Vamos a romper el círculo vicioso entre los problemas del sector financiero y de la deuda pública. Entendamos que no es fácil para algunos gobiernos explicar a los ciudadanos por qué hay que gastar siempre más dinero para salvar a los bancos de otro país. Se necesita didáctica, comprensión mutua y esfuerzos compartidos. En la Europa de hoy, los problemas de un país también son los de los demás. Pero las naciones que precisan ayuda saben muy bien lo que tienen que hacer para dar razones a sus socios. Necesitamos tenacidad en el esfuerzo, aunque exija sacrificios, porque no se puede pedir solidaridad a cambio de abandonar el esfuerzo.

Siendo alguien que conoce tan bien la arquitectura europea, ¿cree que España ha perdido peso e influencia en la Unión?

Nuestro país tiene sus problemas pero es una de las principales economías de la zona del euro y esto no cambiará. Estoy seguro de que España seguirá jugando un papel de primer nivel en el futuro de Europa.

En este sentido, las exportaciones han sido en el último año el bálsamo de Fierabrás de la economía. ¿Podemos pasar de ser un país de servicios a otro netamente exportador?

Necesitamos cambiar el patrón de crecimiento. El modelo que hemos seguido durante los últimos años no era sostenible y estamos pagando ahora esta mala utilización de los recursos. Será una transformación profunda, sin ninguna duda, pero es imprescindible para alcanzar un crecimiento verdaderamente sólido y duradero en el medio y largo plazo, capaz de crear empleo. Mejorar la competitividad externa es una parte esencial de la tarea que España debe llevar a cabo. Pero los costes no son el único aspecto de la competitividad, también necesitamos concentrar nuestros esfuerzos en una economía más productiva, con una mayor capacidad de innovación, mejor desarrollo y utilización del capital humano.

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