`España está sufriendo?

cycnews reproduce la entrevista realizada para cycprisma al premio Nobel de Economía 1996, en la que analiza desde su punto de vista la actualidad económica europea.

Madrid - 15-ene-2014

 

Salirse del euro, expandir la masa monetaria y subsidiar el empleo son algunos de los  argumentos que defiende sir James Mirrlees, premio Nobel de Economía 1996, en el caso  de países tan baqueteados por la crisis como España. `cycprisma´ entrevistó al economista escocés, presidente de una comisión que analizó, en el Reino Unido, las bases del sistema impositivo idóneo.

Sir James Mirrlees presidió entre 2007 y 2011 una comisión de alto nivel que formuló recomendaciones para cambiar el sistema tributario. Durante esos cuatro años, más de sesenta economistas de diferentes nacionalidades, analizaron el impacto en la economía de los principales impuestos: sobre las rentas del trabajo, el ahorro familiar, la actividad empresarial, el consumo, la riqueza y sus transferencias. El documento resultante de esas sesiones se conoce como el Informe Mirrlees y trata acerca del diseño de un sistema impositivo óptimo. cycprisma charló con el premio Nobel con motivo de la edición del estudio en España por parte de la Editorial Universitaria Ramón Areces.

Con una tasa de desempleo cercana al 27% y una economía estancada, España es uno de los países más afectados por la actual crisis mundial. ¿De qué depende su futuro y el de otros miembros de la Unión Europea igualmente perjudicados?

España es un ejemplo de cómo el capitalismo puede fallar deplorablemente. El desempleo ha aumentado de forma espectacular, del 10% hasta el 27%, en relativamente pocos años. En el caso de España existen dos posibles soluciones. La primera tiene que ver con lo que debería ocurrir idealmente a nivel europeo y mundial. La segunda dependería de una gran demanda proveniente de países con una política expansiva y que pueden permitírselo. Es decir, Alemania y determinadas regiones asiáticas.

Claramente, no parece que eso vaya a pasar. La última vez que estuve en España, hace ya casi dos años, solía preguntar por qué los consumidores todavía tenían su dinero en una cuenta bancaria española. Obviamente estaba pensando como economista en lo que podría ocurrir, en lo absurdo de aferrarse al euro: el Gobierno de España debería de estar en una posición en la que poder invertir euros para impulsar la demanda. Es decir, mientras los bancos muestren su disposición a financiar la inversión, el Gobierno debe de poder facilitarlo. Racionalmente, pensé, España debe dejar Europa. No lo ha hecho por motivos ideológicos que provienen de la propia Europa. El Banco Central Europeo ha encontrado una fórmula para que los países aprieten los dientes y aguanten. Pero, por ejemplo, ¿resulta verosímil que el paro vaya a reducirse el año que viene hasta situarse en una tasa del 15%? Nos encontramos ante una situación en la que países como España, Italia, Grecia y Portugal deberían estar ideando cómo ampliar la masa monetaria sin salirse del euro necesariamente. Sin embargo, cualquier cosa que hagan será considerada un anatema. Especialmente por parte de Alemania, en el caso de que reintrodujeran sus monedas paralelamente al euro. Nunca se produciría una transición sin problemas. Sería muy difícil. Europa haría lo mismo que hizo con Chipre: amenazaría a España con ahogar sus bancos si esta sopesara salirse del euro. Y está en posición de hacerlo. Sigo convencido de que esa continúa siendo la solución: salirse del euro. Las instituciones europeas están hechas un desastre, y España está sufriendo.

 

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¿Cómo valora el papel de los seguros de crédito en los mercados internacionales, dado el nivel de riesgo al que está sometido el comercio, especialmente en el contexto económico actual?

Las empresas de seguros de crédito prestan un servicio muy bueno. La paradoja de toda la crisis, que surgió de la venta de los derivados para cubrir el riesgo de las hipotecas subprime, es que, aunque fuera un gran problema en sí mismo, no significaba que no fueran necesarios los seguros para los riesgos de crédito. Al contrario, creo que es complicado que las empresas privadas hagan lo suficiente. Las animo a seguir ofreciendo este servicio.

El Informe Mirrlees apunta a una cierta estandarización internacional de los sistemas tributarios, al menos en lo que respecta a los principios. ¿Supondría esta armonización un incentivo o un impulso al comercio internacional y la exportación?

El debate entre naciones sobre los sistemas impositivos es de una enorme utilidad. Un ejemplo muy claro de ello es el impuesto de sociedades, ámbito en el que yo hubiera creído que lo sensato es comportarse de manera similar a los países vecinos. Hacer lo que hacen Irlanda o Luxemburgo no comporta, a largo plazo, ningún provecho especial. Atraen mucho capital ofreciendo tipos bajos, lo que a corto plazo supone una clara ventaja y, a la vez, una desventaja para sus vecinos. En este sentido, la acción de la Unión Europea es positiva: recuerdan a los países que deben tomar en consideración las necesidades y los deseos de otros y no sólo las suyas. El tema de las multinacionales —y no solo de estas— es de otra índole. Muchas empresas —sobre todo las que tienen una elevada actividad comercial internacional— localizan sus beneficios en el extranjero. Esta es una práctica habitual china: las empresas localizan una parte importante de sus beneficios en Hong Kong. Me alegra de que estén intentando hacer algo al respecto, aunque no sea fácil.

Desde hace años la Unión Europea se aplica en lograr una armonización fiscal. ¿En qué principios debería basarse?

Soy un demócrata bastante doctrinal, ideológicamente hablando. No me gusta la idea de que una entidad pública establezca impuestos. No está sujeto al control democrático efectivo.

Aunque tenemos diputados en el Parlamento Europeo, existe lo que llamamos un déficit democrático en Europa. La mayor parte de los países no la aceptan como nación y no están preparados para atender a quién eligen como representantes en el Parlamento. Eso no es una base para la determinación de los tipos tributarios. Los detalles de los sistemas tributarios tienen que ser determinados por naciones con una democracia verdadera.

¿Puede aplicarse por igual un sistema tributario óptimo en dos países que han corrido suertes tan diferentes durante la crisis económica reciente como, por ejemplo, España y el Reino Unido? ¿Y en países con sistemas políticos tan dispares como los Estados Unidos y China?

Resulta muy razonable que partidos políticos diferentes propongan sistemas tributarios esencialmente diferentes entre sí. Y encuentro extraordinario que esa disparidad, en la mayoría de los países, no sea enorme, lo que se debe en gran parte a que los partidos tienden a confluir en el centro del espectro político. Donde sí se producen divergencias es en la competencia de los gobiernos económicos a la hora de reconocer las características ineficaces del sistema tributario y su capacidad de resistencia frente a las presiones especiales de los grupos de interés particulares. La Política Agrícola Común (PAC) es un ejemplo de cómo las cosas se pueden desbaratar por la intervención de un grupo que a priori no parecía muy poderoso. ¿Y qué podemos decir de un país afectado severamente por una crisis económica como la que padecemos en Norteamérica y Europa? España es un ejemplo en este sentido. Resulta tentador afirmar que en este tipo de situaciones conviene subsidiar el empleo. En China predominan principios similares cuando se introducen subsidios como pensiones no contributivas en regiones rurales y un sistema de sanidad gratuito. El Partido Comunista está muy ansioso por obtener respaldo. Resulta francamente difícil encontrar hoy un país que no esté influido por la presión democrática, lo que explica por qué China da cada vez más importancia a las iniciativas en favor de las personas con pocos ingresos.

En su opinión, ¿por qué se caracteriza un sistema tributario ideal?

Cuando un gobierno se da cuenta de que necesita liquidez para afrontar el pago de servicios públicos relevantes, como la sanidad, la educación o las fuerzas del orden, debe inclinarse por recaudar entre los más pudientes. El porqué está bastante claro. Desprenderse de esa cantidad de dinero supone un menor esfuerzo para los ricos que para los pobres. Pero lo importante es que haya incentivos. ¿Quién va a esforzarse si después de trabajar duro o de una etapa educativa larga y fatigosa no gana nada? El sistema debe prever incentivos razonables, de lo contrario, la gente se puede acabar marchando del país. Creo que ese es el principio básico.

¿Podría explicar la contribución de su obra al comportamiento de los mercados y de la economía en su conjunto?

Me dediqué a estudiar cómo varía la recaudación tributaria respecto al nivel de ingresos de las personas. Es muy parecido al pago de la electricidad por parte de un particular: lo hace en función de su consumo durante el mes anterior. ¿O debería pagar una cantidad diferente por un seguro de hogar en función del tamaño de la casa? Quería encontrar una manera de relacionar lo que pagas con lo que tienes, más allá del simple precio por unidad. Esa sería mi contribución.

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