¿Cómo valora la evolución económica española en la primera mitad del año?
La economía española ha demostrado su capacidad de resiliencia ante la adversidad y el complejo entorno geopolítico global que se ha instaurado y mantiene un ritmo de crecimiento relativamente sólido en comparación con sus socios europeos. Sin ser yo economista, lo que parece apuntalar ese crecimiento es el dinamismo del empleo, la fortaleza del turismo y la recuperación del consumo privado, aunque con ciertos matices. Empiezan a apreciarse señales de desaceleración en algunos sectores, así como una mayor cautela en las empresas y en los propios hogares.
El contexto internacional no ayuda. La incertidumbre geopolítica, las tensiones comerciales y el menor crecimiento de algunos socios como Francia o Alemania condicionan las perspectivas para la segunda mitad del año. España puede presumir de resistencia, pero aún arrastra problemas estructurales como la baja productividad o el déficit público que la hacen vulnerable. La ausencia de Presupuestos (prorrogados desde 2023) y el fin tractor de los fondos NextGeneration tampoco ayudan.
¿Cuál es el mejor indicador para medir el bienestar social de la población y qué datos arroja?
No existe un indicador perfecto. Durante décadas se ha utilizado el PIB como referencia principal, pero cada vez es más evidente que el crecimiento económico no refleja por sí solo el bienestar de los ciudadanos. El Consejo Económico y Social (CES) advertía hace pocos días que el puente entre el crecimiento del PIB y la evolución del bienestar se ha roto. Aludía fundamentalmente al precio de la vivienda y al comportamiento general de la inflación. Dicho de otra forma, la evolución de los grandes indicadores macroeconómicos poco tiene que ver ya con lo que vivimos los ciudadanos en nuestro día a día.
Nuestro PIB crece por encima de sus pares, pero la calidad de vida parece no hacerlo al mismo ritmo, e incluso parece retroceder en varios aspectos. El número de cotizaciones en la Seguridad Social está en máximos históricos, pero el poder adquisitivo de los salarios ha ido en retroceso. El Estado ha protegido el poder de compra de los jubilados, mandatado por el Pacto de Toledo, pero las nuevas generaciones no han sentido ese abrigo y se crea una preocupante brecha generacional.
Por otro lado, la vivienda se ha convertido en el gran divisor social en nuestros días. Tener una casa en propiedad es hoy una barrera económica que segmenta a la población y el alquiler tampoco es un refugio ya válido, dado el estirón vertical que han experimentado sus precios. La Ley de Vivienda ha permitido contener precios allí donde se aplica, sí, pero ha hundido en paralelo la oferta disponible, por lo que en realidad protege a quien ya tenía un alquiler activo, pero no permite el acceso a quien necesita incorporarse a él.
No sabría señalar un indicador perfecto, pero un país en el que sus jóvenes no pueden irse de casa antes de los 30 (30,2, según el último dato de Consejo de la Juventud), cuando la media europea lo hace cuatro años antes, es un país que tiene aún mucho margen de mejora.
¿El ahorro a largo plazo se ha convertido ya en un hábito del pasado?
No diría que ha desaparecido, pero sí que se ha vuelto más difícil para una parte importante de la población. Tradicionalmente, las familias españolas han sido proclives a ahorrar a través de la vivienda y de productos financieros conservadores. Lo primero, como comentaba antes, ya no es tan sencillo.
Entre que los salarios crecen menos que algunos costes esenciales; que el precio de la vivienda ha expulsado prácticamente a una generación entera; y que la inflación se ha comido buena parte de la capacidad adquisitiva en los últimos años, el margen disponible para ahorrar se ha reducido considerablemente.
Aun así, el ahorro sigue siendo una necesidad económica y social. El envejecimiento de la población, la presión sobre los sistemas públicos de pensiones y la creciente incertidumbre económica refuerzan la importancia de construir colchones financieros. El reto consiste en fomentar la educación financiera desde las capas más tempranas de la educación y que se creen instrumentos accesibles y flexibles, que permitan ahorrar incluso a quienes cuentan con recursos limitados.
¿Qué efectos están teniendo los conflictos internacionales en las exportaciones españolas
España no es inmune a lo que sucede fuera de sus fronteras. Los conflictos internacionales están generando un entorno más complejo para el comercio exterior y las tensiones geopolíticas o la guerra arancelaria lanzada por Estados Unidos han afectado a las cadenas de suministro, han elevado los costes logísticos y han aumentado la incertidumbre empresarial.
España ha sabido diversificar sus mercados y sus sectores exportadores, lo que le ha permitido capear la tormenta lo mejor posible, pero hay sectores industriales que son especialmente sensibles a las interrupciones del comercio internacional y al encarecimiento de materias primas y energía. No sería justo ignorar, por otro lado, que también nuestro país se ha beneficiado de las tensiones geopolíticas, siendo percibido como un destino refugio ante un entorno cada vez más inestable. Si todo sigue así, este verano dará buena cuenta de ello.
¿Cuáles son los mayores problemas de los empresarios españoles actualmente?
Cuando se les pregunta, el primer monstruo que señalan los empresarios es siempre la incertidumbre. Cuando las reglas económicas cambian con rapidez o el contexto internacional resulta imprevisible, la inversión se resiente. Nadie se atreve a tomar decisiones que pueden comprometer el futuro sin saber cómo de sólido es el suelo que pisan. Pero no es su único monstruo. También les preocupa, y mucho, la escasez de mano de obra cualificada en determinados sectores. Es curioso que convivan tasas de desempleo relativamente elevadas con dificultades para cubrir determinados perfiles. Esto por sí mismo ya desvela los desajustes que existen entre la formación disponible y las necesidades reales del mercado laboral.
Otro problema recurrente es el aumento de costes. Aunque la inflación se ha moderado respecto a los máximos recientes, muchas empresas siguen soportando mayores gastos energéticos, financieros y laborales que hace unos años. A ello se suma la carga regulatoria y burocrática, otro clásico en nuestro país y en el entorno europeo, que las organizaciones empresariales identifican siempre como un obstáculo para ganar tamaño y competitividad.
Y para acabar, la propia dimensión de nuestras empresas. Otra gran asignatura pendiente. España cuenta con un tejido productivo muy basado en pequeñas y medianas empresas, lo que supone de facto menos recursos para innovar, exportar o afrontar periodos de turbulencias económicas.
¿Qué nuevos retos introducirá la inteligencia artificial y la automatización en la industria?
Estamos ante una de las transformaciones más importantes en décadas. Y mucha gente aún no sabe ni qué esperar de ella. Su potencial para aumentar la productividad, optimizar procesos y mejorar la toma de decisiones es enorme. Pero, también, hay mucho FOMO (miedo a quedarse fuera) en torno a una tecnología que evoluciona a tal ritmo que no permite planificar con serenidad a las empresas qué es lo que necesitan realmente y cómo pueden transformar sus procesos.
Uno de sus mayores desafíos será la adaptación del mercado laboral. Los puestos más junior están siendo por el momento los primeros en pagar el pato (sus labores son las que ahora mismo más puede sustituir la IA, por lo que el nivel de contrataciones ha empezado a resentirse, en una tendencia que se inició en Estados Unidos), pero a la larga se verá el error de prescindir de un talento formado en casa, de una cantera, si lo que se quiere es tener equipos alineados con la cultura empresarial y su propósito.
¿Qué papel cree que juega el seguro de crédito en este momento de incertidumbre y perturbación del riesgo de crédito?
En periodos de incertidumbre económica, todo lo que aporte seguridad es más necesario que nunca. Cuando aumentan las tensiones financieras, las compañías necesitan vender, crecer y abrir mercados, pero también proteger su liquidez. El seguro de crédito permite precisamente equilibrar ambas necesidades.