Lorenzo Bernaldo de Quirós

Presidente de Freemarket Corporative Intelligence

"Es básico incentivar el aumento del tamaño empresarial"

"Las grandes empresas españolas tienen niveles de competitividad y de productividad similares y, en algunos casos, superiores a los de sus homólogas de los países desarrollados"

Por Javier Labiano

¿Cuáles son las mejores fórmulas para impulsar el desarrollo económico en España en estos momentos?

No hay posibilidades de iniciar y sostener un nuevo ciclo expansivo sin un plan de consolidación presupuestaria a medio plazo asentado en la reducción simultánea del gasto público y de la fiscalidad directa. No hay opción alguna de reducir el paro sin flexibilizar el mercado de trabajo, única forma de recortar de manera sustancial el desempleo estructural. No hay probabilidad de que la competitividad y la productividad crezcan sin introducir una agresiva terapia liberalizadora en unos mercados de bienes y de servicios muy intervenidos. La economía española precisa de un marco de estabilidad presupuestaria y de seguridad jurídica, dentro del cual las familias y las empresas puedan tomar sus decisiones con la menor incertidumbre posible, y unas políticas de oferta que permitan desplegar la energía creadora de los ciudadanos y de las empresas. Hace falta rigor macro y libertad económica. El actual modelo está agotado. Es insostenible financieramente y constituye un lastre para la prosperidad y para el bienestar de los españoles. Una estrategia basada en más gasto, más impuestos, más regulaciones es la receta segura para la decadencia económica de España.

¿En qué situación se encuentra la competitividad del sector empresarial español?

Las grandes empresas españolas tienen niveles de competitividad y de productividad similares y, en algunos casos, superiores a los de sus homólogas de los países desarrollados. Tenemos un problema en las pymes, cuya fragmentación es excesiva y su tamaño muy reducido, lo que les dificulta lograr economías de escala e incorporar innovaciones tecnológicas. Es básico incentivar el aumento del tamaño empresarial y eliminar los lastres que lo impiden. En ese contexto es básico disminuir de manera drástica los obstáculos burocráticos existentes para la creación de empresas, agilizar la legislación concursal, suprimir las barreras de entrada en los mercados, flexibilizar el mercado laboral, rebajar los impuestos y las cotizaciones sociales o desarrollar un mercado de capitales de disminuya la dependencia de la financiación bancaria.

¿Qué nuevas amenazas han surgido con la pandemia para la actividad internacional de las empresas?

La pandemia rompió la cadena de valor de las compañías y se tradujo en un cierre de los mercados para las exportaciones. Además, el impacto de las restricciones a la movilidad de las personas provocó una contracción de la demanda en muchos mercados en donde las compañías tenían inversiones directas y una mayor dependencia del mercado local. A diferencia de lo ocurrido durante la Gran Recesión, que golpeó sobre todo a las economías avanzadas, lo que permitió compensar en parte la caída de la actividad en ellas con su mantenimiento en las emergentes, no se ha producido en esta crisis. Llevará tiempo restaurar los daños causados.

¿Por qué, en ocasiones, el gasto público es incapaz de estimular la economía?

La evidencia empírica muestra con contundencia que el keynesianismo hidráulico no funciona. La tesis según la cual el aumento del gasto público se traduce en un aumento automático de la demanda agregada no se verifica. Así lo demuestran los estudios más amplios y recientes sobre la materia, que arrojan un multiplicador del gasto para los países de la OCDE entre el 0,6 y el 1; esto es, el gasto cuesta más de lo que aporta al PIB. Por otra parte, en países con altos niveles de déficit y de deuda pública, el incremento del gasto pone en riesgo la sostenibilidad del desequilibrio de las finanzas públicas. Las familias y las empresas descuentan que el gobierno tendrá antes o después que cerrar el agujero presupuestario subiendo impuestos, lo que reduce su propensión a trabajar, ahorrar e invertir. Y, antes o después, los mercados exigen una prima de riesgo mayor por comprar los bonos del país deudor o cesan de adquirirlos. Ninguna economía ha salido de una crisis con más gasto y menos cuando la posición inicial de las finanzas públicas está tan deteriorada como la española.

¿Cree que la crisis del coronavirus está ahondando las desigualdades económicas y sociales?

Todas las crisis económicas tienen un impacto sobre la desigualdad en tanto se traducen en un aumento del desempleo y en una caída de la renta de los hogares. Si bien ésta afecta a todas las capas de la población, lo hace con mayor intensidad sobre las personas con ingresos medios-bajos y bajos, con menor cualificación y experiencia. De igual modo, la recuperación de la actividad productiva acompañada de un incremento del empleo tiende a reducir esa brecha. Dicho eso, la desigualdad de resultados no es negativa, sino una recompensa al mérito y al esfuerzo si hay igualdad de oportunidades. Por desgracia, el Gobierno, con el pretexto de desarrollar políticas igualitarias, lo que está haciendo es erosionar el funcionamiento del “ascensor social”. Hay que ocuparse de reducir la pobreza y de abrir la carrera a los talentos, lo que es incompatible con un igualitarismo chato y alicorto que sólo fabrica mediocridad y resentimiento.

Un reciente estudio de Freemarket constata la impresión de que el éxito de los hijos depende cada vez más de la situación económica de sus padres. ¿Significa esto un freno a la movilidad social?

En España, el deterioro de la calidad de la educación pública, sobre todo de la secundaria, ha debilitado la movilidad social al alza, en perjuicio de los niños y jóvenes de los segmentos de la población con menores ingresos. Genera un capital humano de escasa calidad, con una reducida empleabilidad y condenado al paro o a obtener salarios bajos. Esto es un verdadero drama porque, en efecto, reduce las oportunidades de jóvenes con talento de las familias menos favorecidas para acceder al mercado laboral y desplegar una carrera profesional que les permita ascender en la escala social. Esta situación crea el serio peligro de que se consoliden y amplíen unas diferencias en los niveles de formación y renta de las generaciones futuras, que acentúen la diferencia entre ricos y pobres de forma estructural. Si esto se produce, el crecimiento económico del país, la estabilidad social y política estará en peligro. Por desgracia, la política educativa va en esa dirección. 

¿Cuenta España con capital humano preparado para llevar a cabo los cambios económicos e industriales que se necesitan? 

España no cuenta con un capital humano de la calidad necesaria para abordar los desafíos a los que nos vamos a enfrentar en el medio y largo plazo. Esto afecta tanto a la educación secundaria, que es la base imprescindible de conocimiento que ha de tener una sociedad moderna, y a la educación superior, que es manifiestamente mejorable. Todo el mundo incide en la formación profesional, pero en un mundo cambiante en el que los empleos y las capacidades precisas para desempeñarlos mutan de manera vertiginosa, la clave es tener una secundaria de excelencia que proporcione las capacidades adecuadas para adaptarse a las cambiantes condiciones. Aquí, el naufragio del vigente sistema es total.

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