El flujo de mercancías y servicios entra en otra dimensión, en la que la estabilidad deja paso a un estado de resiliencia activa permanente.

La economía mundial rara vez se detiene; entra en ciclos de negocios en los que se prepara para mutar. Es como si cambiara de piel, como las serpientes, a veces, de manera precipitada. La escalada bélica en Irán ha añadido presión geopolítica a esta rotación de escenario y el riesgo de una prolongada paralización del Estrecho de Ormuz ha precipitado una escalada energética con efectos inflacionistas en ciernes. Pero en el terreno comercial, no parece que vaya a inaugurar un nuevo capítulo en los intercambios de mercancías y servicios, sino que, más bien, acelerará una transición silenciosa hacia un comercio global inmerso en un modelo más geopolítico, más fragmentado y menos predecible.

Durante décadas, el tránsito comercial ha sido un ejercicio de precisión. El negocio exterior trató de producir en latitudes donde era más barato y de transportar desde donde era más eficiente. La combinación de aranceles, rivalidad competitiva entre potencias, carrera tecnológica por la supremacía de los algoritmos y la IA y una sucesión de shocks encadenados ha introducido una lógica distinta a las relaciones comerciales. Ha surgido la resiliencia frente a la operatividad efectiva.

“El comercio no está retrocediendo; está cambiando de ruta”, resume Susan Lund, del McKinsey Global Institute. Esta apelación condensa una transformación mucho más profunda, en la que el volumen global de mercancías y servicios se mantiene, pero los flujos se desvían, se duplican y se vuelven menos transparentes.

“Las empresas están incorporando resonancia a sus negocios por sus marcas, su reputación y su imagen corporativa”, señala Jan Mischke, de McKinsey. A su juicio, “lo que antes era ineficiencia hoy es estrategia”, en busca de duplicar proveedores, diversificar rutas, asumir facturas y costes adicionales y, en definitiva, ganar capacidad de resistencia activa”. 
 

La variable geopolítica entra en escena

En este contexto es en el que ha entrado la variable más compleja, la geopolítica. El Estrecho de Ormuz es algo más que una ruta marítima. Es un punto de estrangulamiento del sistema global en una trayectoria neurálgica del tránsito comercial por el que pasa una quinta parte del crudo del planeta, lo que podría propagar un shock económico durante demasiado tiempo para evitar una recesión global. 

En S&P Global lo formulan sin ambages. “La incertidumbre es la nueva certeza”, asegura Ken Wattret, su economista jefe, quien añade, además, una clave competitiva a esta ecuación: “los ganadores serán quienes puedan reconfigurarán sus operaciones en tiempo real” en un tiempo en el que “la eficiencia ha cedido ante la velocidad”.

Desde Oxford Economics llevan este diagnóstico al terreno de los efectos en cadena. “Los riesgos en Oriente Próximo tienen una capacidad de amplificación única”, avisa Adam Slater. La energía, el comercio y los mercados financieros reaccionan simultáneamente y pueden reconvertir con suma celeridad una crisis regional en una perturbación global.

En este nuevo entorno, la inflación ya no es solo una preocupación exclusivamente económica. También lo es geopolítica, porque puede emanar de ella. Y una escalada prolongada del conflicto en Irán podría disparar los precios energéticos, encarecer el transporte y tensar las cadenas de suministro. Es la propulsión de los precios lo que, en definitiva, ejerce presión sobre los bancos centrales, que no pueden controlar con herramientas monetarias tradicionales una amenaza de doble sentido como la estanflación

Bajo este escenario, el comercio internacional está sometido a una fricción que, a los ojos de los expertos de S&P requiere de una intervención quirúrgica de precisión:

  • Elasticidad geopolítica de las cadenas. Medir hasta qué punto las empresas y los países pueden redirigir sus flujos de mercancías y servicios cuando surgen sanciones, conflictos o disrupciones geopolíticas. No se trata solo de tener proveedores alternativos, sino de poder activarlos con rapidez y sin costes prohibitivos.
  • Intensidad energética. Industrias como el transporte, la petroquímica o la manufactura pesada son varios de los que despiertan mayor sensibilidad a los cuellos de botella del Estrecho de Ormuz. Cuanto mayor sea esta intensidad energética, mayor es la transmisión inmediata de una crisis geopolítica a precios, márgenes empresariales y competitividad.
  • Densidad regional. Una mayor densidad regional —como la que se observa en Asia— reduce la exposición a rutas logísticas críticas y riesgos lejanos, pero también puede implicar una duplicidad de estructuras y pérdida de eficiencia. Es, en esencia, un equilibrio entre seguridad y coste.
  • Capacidad de adaptación. Englobar tanto la flexibilidad institucional del momento en materia de regulación, política industrial y rapidez de respuesta gubernamental) como la empresarial (reconfiguración de cadenas, digitalización, gestión de riesgos). 
     

La resiliencia empresarial ha venido para quedarse

Frente a estos factores perturbadores, la respuesta empresarial ya está en marcha activando la resiliencia empresarial. Las cadenas se expanden y duplican, los proveedores se diversifican y los inventarios regresan. El coste es evidente, porque el horizonte se ha tornado mucho más borrascoso, complejo, caro y menos eficiente. E incluso los gobiernos han abandonado la neutralidad. Como señala S&P, la estrategia y la diplomacia comercial “se ha convertido en un arma de poder internacional”.

En paralelo, el nacionalismo de recursos gana fuerza para los expertos de Oxford Economics. “El control de los recursos es cada vez más estratégico” y en el conflicto de Irán se aprecia con total claridad que la energía no es solo un activo económico, sino un instrumento de influencia global.

Pero también la tecnología añade otra capa de tensión. La IA, los semiconductores y los centros de datos concentran valor y rivalidad. “La siguiente fase de la globalización, que aún existe, será digital y muy disputada”, apunta Lund, de McKinsey Global Institute. Con más interdependencia, pero también con más competencia. De modo que en la nueva geometría variable aparecerán redes de infraestructuras tecnológicas superpuestas, cadenas de valor redundantes y riesgos de índole geoestratégico constantes. 

La guerra iraní, en su opinión, “no es una anomalía, sino un acelerador de procesos que refuerza la regionalización comercial, impulsa la diversificación energética y expone la fragilidad de los cuellos de botella”. De modo que “la interdependencia, lejos estar a su libre albedrío, en estado de abandono, se está recalibrando”, enfatiza Harry Murphy, responsable de Comercio Global en Oxford Economics. “Este es el verdadero punto de inflexión”, el de que “el mundo continúa aún conectado, aunque de otra manera, mucho más cauta, más estratégica y, por supuesto, mucho más inestable”. O dicho de otro modo: “la cuestión ya no es cuánto se comercia, sino bajo qué condiciones, y la respuesta, cada vez más evidente, resulta incómoda porque nos adentramos en un mundo de aranceles, guerras y algoritmos, en el que el comercio exterior ya ha dejado de buscar el equilibrio de tiempos recientes y solo sondeas maneras de sobrevivir en una época de convulsiones”.  
 

La lectura predictiva

Richard M. Reinsch, director del B. Kenneth Simon Center for American Studies

“La Administración Trump prometió liberación industrial, pero los aranceles han demostrado ser impuestos que encarecen insumos, reducen empleo manufacturero y trasladan costes a consumidores y que no reindustrializan, sino que frenan el comercio y erosionan la competitividad”.  

La opinión del experto

Nate Herman, vicepresidente de la American Apparel & Footwear Association

“Las empresas han afrontado un año de miles de millones de dólares en gastos arancelarios, mientras los reembolsos se dilatan ahora tras la resolución del Tribunal Supremo americano en un laberinto legal. Esa incertidumbre no es transitoria, sino que, más bien, se va a convertir en un coste estructural que distorsiona decisiones de inversión y comercio en el sector privado de Estados Unidos”.

En contexto

Los sectores exteriores han aceptado el retorno a un comercio arancelario

A pesar de los aranceles genéricos del 10% con opción de incrementar su gravamen en función de las negociaciones bilaterales que ha abierto de nuevo la Casa Blanca, el comercio global apenas se reconfiguró en 2025, ya que los flujos se desviaron, pero no colapsaron y las relaciones comerciales, aunque extremadamente rígidas, se han manifestado extremadamente resistentes a un ajuste lento pero continuo de las cadenas de valor, las reconfiguraciones de las rutas marítimas y logísticas y a los choques geopolíticos a gran escala que se están sucediendo en el orden mundial, asegura Gary Clyde Hufbauer, investigador senior no residente en el Peterson Institute for International Economics.

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